Testamento de San Francisco (1226)

El Señor me dio a mí, hermano Francisco, comenzar a hacer penitencia de esta manera: Cuando estaba en pecado, me resultaba amargo ver leprosos; pero el mismo Señor me llevó a ellos y tuve compasión de ellos. Y cuando volvía, lo que me parecía amargo se me había cambiado en dulzura para el alma y para el cuerpo. Así estuve un tiempo y luego dejé el mundo.

El Señor me dio tal fe en las Iglesias, que empecé a rezar diciendo con sencillez: “Te adoramos también, Señor Jesucristo, en todas las iglesias del orbe y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido al mundo”.

Después el Señor me dio y me da una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la santa Romana Iglesia, por causa de su ordenación, que, aunque ellos mismos me persiguieran, a ellos precisamente quiero recurrir.

Y si yo tuviese la sabiduría de Salomón y me encontrase con sacerdotes pobres de este mundo en las parroquias donde viven, no quiero predicar contra su voluntad.

Y a éstos y a todos los demás quiero respetar, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero considerar en ellos pecado alguno, porque en ellos reconozco al Hijo de Dios y son mis señores. Y hago esto porque nada veo corporalmente en este mundo del altísimo Hijo de Dios, salvo su santísimo cuerpo y su santísima sangre que sólo ellos reciben y administran a los demás.

Y quiero que estos santísimos misterios, sean honrados sobre todas las cosas, y venerados y colocados en lugares preciosos.

Y si encuentro manuscritos con sus santísimos nombres y palabras en lugares indecentes, quiero recogerlos, y pido que sean recogidos y colocados en lugares dignos.

Y debemos honrar y venerar a todos los teólogos y a quienes administran las santísimas y divinas palabras como a quienes nos administran el espíritu y la vida.

Y cuando el Señor me dio hermanos, nadie me decía lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la regla del santo Evangelio.

Y yo la hice escribir con sencillez y pocas palabras, y el señor Papa me la confirmó.

Y quienes venían a abrazar esta vida, daban a los pobres cuanto poseían, y estaban contentos con sólo una túnica, remendada por dentro y por fuera, con el cordón y los calzones. Y no querían nada más.

Los clérigos rezaban el Oficio como los demás clérigos, los laicos rezaban los Padrenuestros, y con gusto nos parábamos en las iglesias.

Y éramos indoctos y servidores de todos.

Y yo trabajaba con mis manos y con ellas quiero seguir trabajando; y quiero firmemente que los demás hermanos trabajen en labores honestas. Los que no saben, que aprendan; no por la codicia de recibir dinero por los trabajos, sino para dar ejemplo y evitar el ocio. Así, cuando no se nos dé el salario por nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor pidiendo limosna de puerta en puerta.

El Señor me reveló que dijéramos como saludo: “El Señor te de la paz”

Líbrense en absoluto los hermanos de aceptar iglesias, viviendas pobres o cualquier cosa construida para ellos, si no fuera conforme a la santa pobreza que hemos prometido en la Regla, y hospédense siempre como forasteros y peregrinos.

Mando firmemente y por obediencia a todos los hermanos que, donde quiera se encuentren, no osen pedir recomendaciones a la curia romana, ni personalmente ni por tercera persona, sea para una iglesia o para algún otro lugar, ni con pretexto de la predicación o de la persecución de sus cuerpos, sino que, donde no sean acogidos, salgan y vayan a otro lugar a hacer penitencia con la bendición de Dios.

Y quiero obedecer firmemente al ministro general de esta fraternidad y al guardián que guste asignarme. Y quiero estar tan cautivo de sus manos, que no vaya o haga nada fuera de la obediencia y contra su voluntad, porque él es mi señor. Y aunque soy ignorante y enfermo, quiero tener siempre un clérigo que me recite el oficio, cual está prescrito en la Regla.

Y no digan los hermanos: “Vaya, otra Regla”, porque en realidad es un recuerdo, una admonición, una exhortación; es el testamento que yo, hermano Francisco, pequeñuelo, os doy a vosotros, mis hermanos benditos, para que observemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor.

Y el ministro general y los demás ministros custodios, queden obligados, por obediencia, a no añadir ni quitar nada de estas palabras. Y tengan siempre consigo este escrito, junto con la Regla. Y en todos los capítulos que hagan, cuando lean la Regla, lean también estas palabras.

Y a todos mis hermanos, clérigos o laicos, mando firmemente, por obediencia, que no inserten explicaciones en la Regla ni en estas palabras diciendo: “Así deben entenderse” sino que, como el Señor me dio decir y escribir la Regla y estas palabras con sencillez y candor, así busquéis entenderlas, con sencillez y sin glosa, observándolas con obras santas hasta el final.

Y quien cumpla estas cosas, sea colmado en el cielo con la bendición del altísimo Padre y, en la tierra, sea henchido con la bendición de su Hijo predilecto y del santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y de todos los Santos.

Y yo, hermano Francisco, pequeñuelo, siervo vuestro, en lo poco que puedo, os confirmo, dentro y fuera, esta santísima bendición. (Amén).